Vivir juntos es una decisión que se orienta a superar dificultades y ampliar posibilidades.
Durar en la vida, hasta que fatal e inevitablemente termina, condenar o condenarse a una rutina de agravios y malos tratos o, simplemente, ser solo cuerpos que respiran sin proyecto no sirve individual ni colectivamente.
No hay sujeto ni país que sea solo ayer, que pueda convivir solo con el hoy o que se remita a una inmensa e inverificable promesa.
La política debe hacer la tarea de poner en tratamiento las diferencias, dar espacio a las indignaciones, otorgar crédito a los acuerdos, colocar en escala humana – muy humana, cercana e inmensa- la formulación de los futuros deseados y la elaboración de los pasados.
Por eso la discusión acerca de vivir juntos que algunos creen que se agota en el sometimiento de las mujeres y los hombres a los límites de los estados y los roles sociales siempre necesitará de nuevos sustantivos y nuevos adjetivos y, aunque parezca mentira, de nuevos verbos. Verbos que son palabras que reconocen acciones.
Las sociedades no resuelven sus conflictos apelando frenéticamente a su nombre ( por ejemplo Argentina), ni a un destino (ser potencia, líder mundial) ni a sus glorias pretéritas (el Granero del Mundo) sino a las formas en que millones de ciudadanos pueden liberarse de las necesidades de hambre, abrigo y saberes para pararse con incógnitas, pero sin miedo, y ponerse metas, valorando obstáculos sin resignar objetivos. Nunca se sabe de cuántas cosas se es capaz de hacer hasta que se inicia esa construcción, yendo más allá de las raíces del presente.
Necesitamos construir una democracia, como el sistema que da mas potencia a nuestras definiciones y decisiones, entremezclada con los infinitos detalles que conforman nuestra vida. Empleo, ingresos, educación, salud, vivienda, hábitat no pueden ser ya más capítulos inmensos de un gran relato interminable e incomprensible. El gran relato de la democracia es la vida cotidiana.
Todos los días, cada día, una vida que dependa de nuestra decisiones y no de las decisiones que otros toman por nosotros. Capitales, empresas, bandas, burocracias, oligarquías políticas o sindicales, estados discriminadores y excluyentes pueden ser las caras del sufrimiento y el desprecio.
Se trata, ni mas ni menos, que podamos llegar a un sistema de toma de las decisiones en que puedan fundamentarse libremente, que no dependan del poder ni el dinero para que sus argumentos sean oídos, que podamos revisarlas y no quedar prisioneros de errores o ineficacias. Poder decir, poder oírnos y poder cambiar.
Representaría una hipocresía brutal o un escamoteo inmoral desconocer que sin una igualdad sustantiva la pretendida libertad es un lujo para los que ya la tienen y una burla para aquellos que están dispuestos hasta a entregarla en el mercado, en las esquinas y en las elecciones a cambio de un minuto de tranquilidad. Mucha historia ha corrido para demostrar que igualdad y libertad no pueden ser separadas sin que al tiempo mueran ambas.
Esa ciudadanía (buena mezcla de experiencia en libertad e igualdad) no puede ser construida por el mercado, ni por un orden internacional o por la simple observancia de las leyes. Hace falta un concepto de lo público robusto, ampliado y preocupado por no resultar amputado o desviado a la delegación frente al poder y a la pasividad frente a los espectáculos. Ciudadanos, no clientes ni espectadores.
Se requiere obviamente de un estado útil, ágil y amigable para que las mayorías salten de los derechos a las capacidades efectivas. Estados que no resulten prisiones para los más débiles y lugares optativos de conveniencia o herramientas sofisticadas para reproducir el poder de los poderosos.
En un país y un mundo en cambio vertiginoso no podemos desconocer la incertidumbre de las situaciones que debemos afrontar. Podemos dejarnos vencer. Podemos repetir respuestas viejas. Podemos, o tal vez debemos, asumir que la incertidumbre esta ahí pero también nuestros valores.
Desconocer como será la pregunta, obliga a saber con cuanta intención e intensidad y con que sentido inequívoco daremos la repuesta. Más autonomía personal, más igualdad y más libertad son los sentidos que dan sentido a nuestra vida.
Por eso la política y la democracia no pueden ser conformistas con lo que ellas mismas producen.
Hay que discutir la democracia con la democracia, confrontarla con ella misma y no escondernos tras la atrocidad infame de la dictadura. Chicos, barrios, escuelas, hospitales, mujeres, partidos, empresas, sindicatos, trabajadores y políticos son el producto de esta democracia que hay que criticar, profundizar y democratizar.
¿Se llega algún día a ese momento donde casi nada queda por hacer? No. Todavía no. Por suerte, siempre habrá un todavía no.